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De cómo compartir el saber mediante la publicación de artículos   Imprimir  E-Mail 
Escrito por Administrator  
02-10-2004

En favor del saber compartido, casi todos, y desde luego los investigadores, los docentes, los profesionales, los directivos, y en general los trabajadores del conocimiento, tenemos alguna vez algo interesante que transmitir a los demás, sobre diferentes áreas de conocimiento, sobre la vida de las organizaciones, sobre los recursos de los seres humanos, o sobre otros temas de interés. Por falta de costumbre, al principio algunos de nosotros no tenemos suficiente dominio de la expresión escrita, pero mejoramos visiblemente con la práctica. Desde luego, doy fe de la existencia de artículos e informes que me parecen de magnífico contenido y bien redactados, cuya lectura me ha animado a multiplicar mis búsquedas por la Red, y me ha permitido desarrollar cierta utilísima serendipidad. De esto les propongo hablar aquí: de la lectura y, sobre todo, de la publicación de textos en Internet.

En últimos años 90, observé que surgía (o había surgido ya) en las grandes empresas la necesidad de estar presentes en los medios de comunicación, y, concretamente, se invitaba a los directivos a publicar artículos. Lo que yo leía en esos años en las revistas que circulaban por las empresas, parecía corresponder casi siempre a un reducido grupo de autores consagrados, o a directivos que ocupaban puestos relevantes. Internet parecía entonces un medio “menor”, aunque abierto a un número mayor de autores e ideas. Ahora, en 2004, creo que Internet no es ningún medio “menor”, sino precisamente el gran medio, y que no hace falta ocupar un puesto de gran despacho para decir cosas interesantes. Es más, creo que cuanto más alta es la responsabilidad empresarial de un autor, más contaminados –según se mire– pueden estar sus mensajes.

 

Cumplidos ya casi ocho años –escribí mi primer artículo en enero de 1997, aunque lo hice como ghostrwriter– de experiencia sinérgica en leer artículos en Internet, y en escribir algunos propios intentando añadir algo nuevo (que no siempre lo es), les diría que sigo enviando textos a revistas, pero que prefiero Internet, por la agilidad de edición, especialmente cuando el contenido es perecedero (por vivir el tema una evolución constante, como le ocurre, por ejemplo, al e-learning). Además, recibo feedback de los ciberlectores, y rara vez de los lectores de revistas impresas.  Pero les diría también más cosas, y a eso voy.

 

 

Vivencias y recuerdos significativos

 

Siendo articulista quizá más fecundo que facundo, no pretendo formular consejos ni describir técnicas de redacción empática, sino ofrecer vivencias que pudieran tener algún valor acroamático. No sé si esto es lo que llaman story-telling, pero me servirá para convenir conclusiones con los lectores interesados, si alguno queda todavía después de los párrafos introductorios. Empiezo con una historia que se refiere a la propia habilidad genérica de escribir.

 

Conscientes de la necesidad emergente y porque se lo había solicitado una gran empresa para alentar la publicación de artículos por sus directivos, colegas de una consultora prepararon un curso de "escribir con eficacia". Contrataron a una persona para el diseño e impartición repetida de un workshop de un par de días de duración. Para entonces, 2002, yo ya había visto publicadas bastantes cosas en medios impresos e Internet, y conseguí adherirme al curso como asistente al mismo, y también como asistente de la profesora. Aunque me parecían dos días de denso contenido y alto interés, los participantes no mostraron mucho entusiasmo en ninguna de las ediciones del curso, y eso, ya entonces, me hacía pensar. (Tampoco parecían interesados en la redacción de artículos).

 

Como la cosa parecía un cierto fracaso, y por tomar alguna medida, me encargaron a mí una de las ediciones programadas, pensando que eso daría una orientación más práctica al curso: el resultado fue aproximadamente el mismo. Supe que, tras numerosas reuniones, se llegó a la conclusión de que nuestro curso no era bueno, y acabaron llamando a otro proveedor, que tampoco tuvo éxito. Creo que se dio por concluido el programa. Conclusiones ahora, directa o indirectamente relacionadas con esta historia, que someto a su consideración:

 

§         Es mejor que la redacción de artículos, aunque abiertamente alentada, sea voluntaria, y que, en su caso, la petición de cursos sobre escritura eficaz surja de los autores potenciales.

§         A casi nadie gusta que, supuestamente, le enseñen a escribir, ya de adulto, con cierta categoría dentro de su organización, y en presencia de colegas.

§         En 16 horas seguidas no se puede mejorar visiblemente la habilidad de escribir a 10 personas a la vez; si acaso, los asistentes pueden llegar a la conclusión, nada placentera, de que deben mejorarla.

§         Hay que suponer, a titulados universitarios, una suficiente habilidad de redacción, de modo que ponerla en cuestión, más o menos justificadamente, puede inhibir voluntades.

§         La voluntad debe ser muy fuerte, especialmente si uno sabe que primero le van a dar un curso para que lo haga bien, luego van a revisar sus textos, y luego puede tener que escuchar sutilezas de colegas sobre el contenido del artículo.

§         La bondad de un artículo puede perderse por una mala redacción, pero se sostiene en el interés y rigor del contenido; empero y curiosamente, en la empresa no se cuestiona tanto el conocimiento como la redacción.

§         Si alguien tiene claras sus ideas, la formulación por escrito debería ser relativamente automática para estos niveles profesionales; y si no las tiene claras, debería esperar a tenerlas.

§         Mi impresión es que los talleres de escritura existentes se orientan típicamente a la creación literaria, y yo mismo puedo dar fe de su interés; pero desconfío de cualquier acción formativa no deseada por los asistentes.

§         En realidad, no se puede avanzar mucho si se habla de “habilidad de escribir”; habría que descomponer esta habilidad en todas las microcompetencias, soft y hard, que contiene.

 

Son conclusiones que les someto a consideración, pero, si un articulista me pidiera un consejo y me diera otro a cambio, lejos de entrar en el uso del lenguaje, le diría: “Documéntate bien, no sólo en beneficio de la solidez o rigor de tu mensaje, sino también para comprobar que tu aportación es suficientemente novedosa para tus lectores”. Lo digo porque, aunque no se trate de creación literaria, ha de haber alguna dosis de creatividad (en los fondos, y aun en las formas). Pero les ofrezco, por presuntamente aleccionadoras, otras historias.

 

Un antiguo jefe mío empezó, ya retirado, a publicar artículos en la magazine corporativa de nuestra empresa, con lo que sus lectores hemos de entender que no lo hizo antes porque no tenía tiempo. Nunca es tarde para contribuir al conocimiento colectivo, y 30 años de ejercicio de la dirección atesoran gran experiencia y pueden garantizar el interés de las aportaciones. Pero hay otra opción quizá más segura: informar sobre aportaciones ajenas de incuestionable valor. El directivo de quien les hablo eligió, para su primer artículo, un comentario sobre el último libro de Peter Drucker. Yo, por cierto, había leído ya La empresa en la sociedad que viene, que me pareció tan interesante y oportuna como el resto de obras del gran maestro. Las mil palabras de mi antiguo jefe me parecieron un modesto homenaje al venerable maestro de gurús que había guiado nuestro desarrollo como consultores; pero estoy atento a lo que este nuevo colega articulista pueda decir de cosecha propia. Este recuerdo me lleva a otras creencias, que les someto a continuación:

 

§         Los primeros artículos demandan, en efecto, tiempo del que no siempre se dispone, y aun cierta negentropía mental; justamente estas cosas resultan escasas, en general, para los directivos.

§         Los trabajos de resumen, y también los de síntesis, de libros especialmente interesantes, pueden ser muy útiles si están bien hechos; aunque lo más seguro sea leerse el libro.

§         Mis primeros artículos también rondaban las 1.000 palabras, y ahora suelo pasar de las 5.000; pero seguramente un buen artículo es lo que queda, si algo queda, al eliminar lo superfluo.

§         La escritura a que nos referimos se mueve entre la exotelia y la autotelia, entre la ansiedad y el flujo, entre la información defendida y el dogmatismo pretencioso, entre la convergencia y la divergencia...

 

El disfrute con la actividad de escribir (flujo) tiene sus peligros. A mí me sucede que escribo más en verano, en bañador, en el porche de mi casa en un pueblo de Toledo, en un entorno de relajación y satisfacción, y que pierdo a menudo la sobriedad, la debida distancia con el lector, y aun la conciencia de que me podrían acabar leyendo señores circunspectos con corbata, en aparente correspondencia con los temas que abordo. Por perder, pierdo también la noción del paso del tiempo y de las cosas que me rodean. Pero sigo con otra historia.

 

A finales de los 90, me llamó especialmente la atención un artículo que leí en una revista. El directivo que lo escribía anunciaba la sustitución, por obsoleto, del sistema de dirección por objetivos, DpO, por el nuevo sistema de dirección por valores, DpV, más acorde con los nuevos tiempos. Era, a mi parecer, algo así como decir que el directivo ya no necesita afán de logro, porque lo que vale es la empatía. Recuerdo que me entró la duda y acudí a ambas doctrinas. Resolví que el autor, que parecía mostrarse satisfecho de ser portador de tan importante profecía, no había profundizado suficientemente en la esencia de estas doctrinas; pero guardé prudentemente silencio: podía ser yo el equivocado. Aprendí lo siguiente:

 

§         Lo que uno escribe queda escrito, por lo que deberíamos ser prudentes, además de observar otras virtudes cardinales y no cardinales.

§         Uno no ha de mostrar lo mucho que lee y sabe, sino que ha de ofrecer a la sanción del lector nuevos postulados o puntos de vista, propios o ajenos.

 

No digo que yo mismo obre siempre en consecuencia, pero seis años después sigo recordando aquella lectura. La siguiente historia tiene que ver con cómo uno siempre se delata un poco, y, en su caso, puede llegar a destapar su intención de engañar o manipular al lector. Condenable sin contemplaciones es intentar manipular al lector, pero casi más si se nota.

 

Me refiero a un libro de 2003, de tantos autores como capítulos, aunque sé que alguno de éstos se publicó también como artículo aislado. Algunos de los autores, aunque más visiblemente el del prólogo y el de la introducción, hablaban insistentemente del éxito o triunfo –favorable a sus intereses– de un nuevo servicio que se prestaba a los empleados en grandes empresas, y, como no me sentía yo muy convencido, leí el libro completo con atención. Finalmente me pareció que los epinicios del comienzo del libro eran algo gratuitos, porque otros autores alertaban sobre elementos pendientes de resolver adecuadamente; pero es que un año después se ha sabido, tras un estudio entre los usuarios, que el servicio ha estado defraudando claramente sus expectativas. Si los autores no estaban engañando al lector, es que estaban gravemente cegados por su visión particular: quizá, a veces y paradójicamente, la visión no deja ver la misión.

 

No sé si los autores aludidos han entonado ahora la palinodia –no me consta ni importa mucho–, pero, cuestionando a Maquiavelo y aunque en la empresa se pueda olvidar a veces, el fin no justifica los medios. No obstante, la primera parte de este libro me impactó –consideren subjetivo el resto del párrafo– sobre todo por la desmedida autoridad con que uno de los autores se manifestaba; se apreciaba entre líneas, y también en el propio texto de las mismas, una inusual presunción de infalibilidad sobre unos temas en que el resto de expertos se manifestaba en sentido contrario. La introducción del libro venía a constituir, para un lector también acostumbrado a escribir, un ejemplo de analogías, ilaciones, deducciones, calificaciones y recomendaciones ajenas a la realidad, y aun a la prudencia, la mesura y el respeto debido al lector. Perdonen que me sienta tan afectado todavía, y vamos a las enseñanzas que ahora les propongo:

 

§         Uno debe saber qué gorra lleva puesta cuando escribe, ya sea un artículo, un informe, el prólogo de un libro...; no puede llevar su tono de alegación a un nivel disfuncional o que no le corresponda.

§         Dicho de otro modo, el autocontrol intencional y emocional es muy recomendable siempre, pero parece olvidarse más en el mundo de los negocios.

§         Se puede escribir sobre un tema u otro, pero si uno se distancia de la realidad, o de su papel, con espuria intención, pierde la confianza de los lectores y le costará recuperarla.

§         Deberíamos buscar buen feedback, y ser receptivos al mismo, antes de publicar un texto, y en la medida en que pensemos que va a ser difundido y leído.

 

Como yo mismo, y firmando casi siempre como autor, escribía bastante (1997-2002) en mi empresa (más o menos, el 20-25% de mi actividad de consultor), tengo más recuerdos al respecto y sólo me limita su valor acroamático. Una colega, Sandra, me decía a veces que había estado “un poco espeso” al escribir; otro, Mariano, venía a decírmelo cuando había encontrado una supuesta falta de ortografía; un director, Raúl, me decía que el boletín que yo redactaba para los clientes no servía para nada, y que mi presencia en Internet, aunque aparecía el nombre de la empresa, era un asunto mío personal...  Desde luego, yo podía desanimarme por otra razón, pero no me desanimaba la ocasional o habitual espesura en la redacción, ni la incorrección ortográfica (que casi nunca era tal), ni los resultados de negocio que generaba mi asignada tarea de escribir; por otra parte, había directivos, compañeros y lectores que me mostraban aquiescencia, y editores de portales de la Red que agradecían los envíos. Si usted escribe, o se anima a escribir, mire a ver si está de acuerdo con lo vengo a querer decirles:

 

§         El feedback más valioso es el de los lectores a quienes uno se dirige, si fuera espontáneo (no expresamente solicitado) y en general coincidente; pero, aunque sea favorable, no olvide que siempre podemos mejorar, y no poco, en forma y fondo.

§         Por si acaso, hay que buscar también feedback riguroso y edificante de una fuente fiable (yo la tenía en mi empresa y la echo de menos).

§         Conviene recabar también críticas y sugerencias de los editores (gracias Jorge, Manuel, Alejandro, Josep, Mila, Jerónimo, Nicolás, Aurora, Judith, Dani…) de los portales de Internet, cuyo objetivo es satisfacer al visitante.

§         Se han de analizar todas las críticas, y especialmente las desfavorables, pero no cabe sucumbir ante ellas, ni –en ningún caso– detenerse en la complacencia.

§         Uno puede sentirse íntimamente satisfecho de tener lectores, como un líder de tener seguidores o un fabricante de tener clientes, pero no puede jactarse de nada: sería un síntoma fatal de falta de autocrítica.

§         En Internet no son propiamente lecturas lo que como tal se cuentan, y quizá es más revelador el número de peticiones de impresión, el de comentarios generados o el de correos recibidos.

 

Termino

 

En total, les he ofrecido 25 breves mensajes. No olviden que se trataba básicamente de someter a su consideración algunas reflexiones o deducciones –ante las que pueden mostrarse aquiescentes o contrarios– relacionadas con la redacción de artículos desde el ámbito empresarial; mis opiniones son espontáneas y sinceras pero pueden ser también erradas. Además, yo mismo puedo estar saltándome algunas de las supuestas buenas prácticas que sugiero. El mensaje principal es que nutramos todos el conocimiento colectivo mediante aportaciones edificantes a este fin dirigidas, escritas y leídas con detenimiento y satisfacción.

 

Este articulista se siente en deuda con ustedes, y también con muchos gurús, con editores y con otros articulistas. Había preparado una lista de mis articulistas favoritos, pero ya entenderán que me estaba refiriendo sólo a los de los temas que a mí me interesan: he desistido. Cultiven su serendipidad en Internet, pero anímense también a hacer aportaciones: creo que hay muchos portales dispuestos a contribuir al flujo de conocimientos.

 

 

José Enebral Fernández

Consultor de Recursos Humanos




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